Serán tan características las pesadillas de la niñez, como dicen?
Hoy me levanté con esa pregunta en el cerebro como si fuera un programa recién descargado.
Volví a soñar la misma mierda que cuando tenía 4 años. Literalmente, paso por paso. Fue la misma.
Mi cama contra la pared.
Abro los ojos, me incorporo y mirándome desde una silla de mimbre estaba él.
El señor del primer sueño. Lo bauticé y todo. El hombre atemporal. El que marcó un antes y un después, y que más allá del pasar de los años permanece igual. En esencia y materia. (¿materia?)
No tiene rostro, está cubierto. Está vendado. Las tiras están gastadas, como si fuera una momia. Pero sólo le cubre el rostro. Todo menos los ojos.
Sus ojos eran amarillos. Todavía no termino de definir si son de gato o de reptil. Ésos que tienen la pupila estirada en vertical. La frivolidad misma.
Pantalones grises y camisa blanca. Saco de vestir, cuadrillé de tonos tristes.
Sombrero negro y grande.
Lo único que hace es mirarme.
Mi primer reacción es esconderme bajo las sábanas, ése flash de niño. Como si en realidad fueran a protegerte de cualquier peligro que te aceche.
Cuando noto que no pasa nada, me destapo, me siento. Lo único que hace es mirarme.
Me miraba con una intensidad que me hacía doler la cabeza.
A continuación me envolvía un frío desgarrador que detenía el curso de mis órganos.
Me moría lentamente, como petrificada.
Al mismo tiempo, entre tanto frío empezaba a sentir un ardor en los pulmones que más rápido que lo que tipeo ésto se esparcía hasta lo más recóndito de mis memorias.
Convencida de que me moría, me dejaba ir.
Lo único que hace es mirarme.