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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Cruz de mármol

No voy a contar nuestra historia. La conocí y la amé. Y luego ella murió. Sin saberlo, sin desearlo, fui hacia el cementerio. Encontré su tumba, tan sencilla, con una cruz de mármol blanco, con estas palabras: Amó, fue amada y murió...
Quise pasar la noche llorando sobre su tumba. Claro, que podrian verme y echarme del cementerio, entonces me acurruqué debajo de un árbol, me escondí entre sus ramas. Esperé, aferrandome al tronco como un náufrago a una tabla. Cuando la noche se hizo cerrada, abandoné mi refugio y me puse a caminar despacio con pasos lentos, por esa tierra llena de muertos. No había luna. Estaba asustado, muy asustado. A mi derecha, a mi izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas. Oía los latidos de mi corazón y oí algo más: un rumor confuso que no podía definir. Miré a mi alrededor, no puedo decir cuánto tiempo estuve allí. Sólo sé que estaba paralizado de terror, helado de espanto.
De golpe, me pareció que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado, se movía, ¿se movía?...Sí, se movía como si alguien tratara de levantarla. De un salto fui hasta la tumba contigua y vi perfectamente cómo se levantaba la losa sobre la cual había estado sentado. Enseguida apareció el muerto, un esqueleto desnudo, lo vi a pesar de la oscuridad. En la cruz pude leer: Aquí yace Jacques Olivant, fallecido a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bondadoso y honrado. Murió en la gracia de Dios.
El muerto leyó también lo que estaba escrito, luego buscó una piedra en el suelo, y empezó a rascar las letras. Las fue borrando lentamente, luego con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió: Aquí yace Jacque Olivant, fallecido a la edad de cincuenta y un años. Con disgustos, apresuró la muerte de su padre para heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió como un miserable.
Entonces miré a mi alrededor, y me di cuenta de que todas las tumbas estaban abiertas y todos los muertos borraban las mentiras que sus parientes habían grabado, sustituyéndolas por la verdad.
Pensé que ella habría escrito algo en su tumba. Y corrí, corrí sin miedo etre los ataúdes. Estaba envuelta en el sudario, no le vi el rostro, pero la reconocí. En la cruz de mármol, donde poco antes había leído: Amó, fue amada y murió. Leí: Habiendo salido un dia de lluevia para engañar a su marido, enfermó de pulmonía y murió.
Parece que me encontraron al amanecer, sin conocimiento, tendido junto a una tumba.

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